Opinión
Lula presidente: contra el algoritmo, contra el mundo
Lula llegó a la segunda vuelta con 2,2 millones de votos de desventaja y la ganó. El resultado no demuestra que comunicar mejor decide una elección, pero sí enseña cómo se disputa hoy el relato.

Por Cinthia Ramos · Analista
· Actualizado 26 de oct de 2026, 01:13 p. m.

Se repite tanto que ya suena a verdad indiscutible que quien gana el discurso gana la elección y que gana quien comunica mejor, y la segunda vuelta de Brasil acaba de ofrecer un caso que obliga a precisar esas frases, porque Lula, que el 4 de octubre había quedado detrás de Flávio Bolsonaro con el 45,16 % de los votos válidos frente al 47,03 %, terminó imponiéndose con más del 51 % en lo que Bloomberg Línea llamó una vuelta inédita desde 1989, y lo hizo frente a una ultraderecha que llegaba con impulso, con respaldo internacional y con una maquinaria digital bien financiada.
Ese punto de partida conviene recordarlo, porque treinta y tres millones de brasileños, más de uno de cada cinco electores, no habían ido a votar en la primera vuelta, y Lula había recibido más de tres millones de votos menos que en 2022. El problema ya no era convencer a quien pensaba distinto sino lograr que se movilizara quien en teoría pensaba igual, y la campaña lo entendió pronto. Según el conteo parcial del domingo, la abstención bajó respecto de la primera vuelta, un dato que habrá que confirmar cuando el TSE cierre la totalización.
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Para lograrlo la campaña actuó en tres frentes que se refuerzan entre sí. El primero fue la presencia, ya que Lula había declarado unos 2,7 millones de reales en impulsión de contenido frente a los 9 millones de Flávio, y el propio PT concluyó que el entorno digital debía volver al centro de la estrategia. El segundo fue la cercanía, con dirigentes jóvenes, influenciadores y páginas de seguidores de artistas que pusieron sus cuentas al servicio de la campaña, en un formato que André Janones resumió con la idea de más vereda y menos helicóptero. El tercero fue la organización, porque el canal “Exército do Lula” en WhatsApp pasó de unos cincuenta mil inscritos a más de cuatro millones, con un emisor que da misiones y miles de personas que las reproducen, de modo que el mensaje deja de depender de quien lo emite para depender de quienes lo hacen suyo.
Todo esto cobra sentido a la luz de lo que Mario Riorda llama el mito de gobierno, esa comunicación de tipo simbólico cuya función es generar esperanza y que, cuando logra instalarse, da sentido y dirección a la acción de un gobierno y busca que la ciudadanía se identifique con él. En la campaña de Lula ese mito tiene un hilo reconocible, el del trabajo y la dignidad de quien trabaja, que nace en su origen sindical, pasa por la Bolsa Família y el salario mínimo y llega hasta la propuesta de acabar con la escala laboral 6x1. La selfie, el influenciador y la misión por WhatsApp fueron la forma de hacer llegar ese relato a quienes más lo necesitaban y menos lo habían oído en la primera vuelta, y el cruce por los “nueve dedos” del debate de Globo, en el que Lula respondió a una burla sobre su herida de trabajo, encajó con ese relato y tenía el formato exacto para circular.
Lo más llamativo, sin embargo, es contra qué se logró. Benjamin Netanyahu felicitó públicamente a Flávio y le deseó “una gran victoria” tras la primera vuelta, Javier Milei llamó “ladrón” a Lula y puso en duda el sistema de votación, y Donald Trump, aunque no declaró un apoyo, había recibido a Flávio en la Casa Blanca en mayo y mantenía aranceles y tensiones diplomáticas con Brasil. A eso se sumó el terreno de las plataformas, porque Meta reconoció fallas técnicas que afectaron a la campaña de Lula y el TSE tuvo que ordenarle que no interfiriera en la distribución del contenido de ninguno de los candidatos, sin afirmar que hubiera favoritismo, mientras la sospecha de anuncios con inteligencia artificial sin aviso recayó sobre la campaña de Flávio. Que una elección se dispute con ese entorno, entre respaldos extranjeros, algoritmos y herramientas que todavía no se saben regular, dice mucho de cómo se disputa hoy el poder, y que Lula haya ganado a pesar de todo, frente a una ultraderecha que avanzaba en la región con ese respaldo, lo convierte en un caso que se estudiará.
La victoria de Lula frena, al menos por ahora, lo que muchos describen como el avance del fascismo en la región.
Conviene, con todo, no pedirle al resultado más de lo que puede dar. Una elección ganada no prueba que comunicar mejor sea la causa, porque otras explicaciones, como la economía, el rechazo al adversario o la participación, siguen en pie, y reacción en redes no es voto. Lo que sí puede afirmarse es que comunicar bien dejó de significar decir lo correcto en el momento correcto y pasó a significar contar un relato con suficiente fuerza como para que otros lo repitan por cuenta propia, en el formato en que sus amigos lo escuchan, y bajo reglas que alguien tiene que vigilar. Brasil acaba de mostrar que eso, bien organizado, puede alcanzar para dar vuelta una elección.
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